Las gotas más dulces.
Por Leticia Guerra Quesada.
Desde su silla de ruedas, Augusta Ramírez Vidal vigilaba ansiosa la calle en espera de Clara, la enfermera del Consultorio del médico de la familia. Al fin divisó con alivio la toca blanca de la muchacha que traía la vacuna antipolio para su nietecita Dayana.
La recibió más alegre que de costumbre y el café no se hizo esperar. Entre sorbo y sorbo le confesó el terror que le causa la poliomielitis, enfermedad perversa que le robó la vida.
Augusta sabe apreciar el inmenso valor de esas dos gotas que reciben gratis todos los niños cubanos. Durante su pobre infancia en el campo, ella y sus hermanos, nunca vieron un médico. Recibían los remedios de Horacia, la curandera. Esta mujer analfabeta les sobaba las piernas en caso de indigestión, indicaba cocimientos para las fiebres, toques para la infección de garganta, azúcar prieta en las heridas y purgante una vez al año para los parásitos.
Todo cambió con el triunfo de la Revolución, los servicios de salud llegaron hasta los rincones más intricados del país. Desde 1962 hasta la fecha, como resultado de las campañas masivas emprendidas por el Gobierno Revolucionario, se han eliminado en Cuba cinco enfermedades prevenibles por vacunas; la poliomielitis, la difteria, el sarampión, la rubeola y la tosferina. También se erradicaron el tétanos, la rubeola y la meningoencefalitis.
Mientras ellas celebraban estos logros llegó la hija de Augusta con la pequeñita. La enfermera aplicó la vacuna por vía oral. La abuela miraba complacida las graciosas muecas que hacía Dayanita al degustar el líquido. “Yo no tuve la suerte de probar su sabor –dijo la anciana- pero creo que son las gotas más dulces.”
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