Una tarde bajo la bandera roja
Por Leticia Guerra
Transcurría el verano de 1925, los marinos del barco “Vatslav Vorovski” descansaban en la cubierta frente a las costas de Cuba. Fue el primer navío soviético que llegaba a la isla y Gerardo Machado, entonces presidente, prohibió el desembarco de los tripulantes.
Pero un hombre inquebrantable les dio la bienvenida a nombre del pueblo cubano. A Julio Antonio Mella le sobraba coraje y le faltaba miedo. Desafiando al tirano, inscribió aquella tarde de agosto en la historia.
Constantín Cheki, uno de los marineros, escribió sus memorias de la sorprendente visita: “Cuando el sol se escondía en el horizonte divisamos un hombre que nadaba hacia el barco. Nos amotinamos en la borda, pues la aparición de hombre a dos o tres millas de la costa no era un caso corriente. Estaba claro, era amigo y extraordinariamente valiente.
El nadador se acercó, subió a cubierta un hombre alto y fornido, le acogimos cordialmente. Paso varias horas conversando con nosotros. Le hablamos de nuestras vidas…Cuando Mella se disponía a regresar le ofrecimos una lancha, pues las aguas estaban infestadas de tiburones. Él no quiso ocasionarnos problemas con las autoridades. Así pues, se fue nadando bien entrada la noche”.
Mella no temía a los tiburones del mar, menos sangrientos que los tiburones de aquella dictadura. Con igual valentía los enfrentaba en su lucha a favor de los oprimidos sin voz.
De ellos escribió: “Una vez más el gobierno se humilla ante el imperialismo y hace representar al pueblo de Cuba el papel del esclavo sumiso y fiel…”
Así lo recordamos este 25 de marzo, cuando se cumplen 108 años de su natalicio. De sus propias líneas tomamos el título de esta crónica: “Una tarde bajo la bandera roja”.
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