Un héroe que no sabe que es un héroe
Por Leticia Guerra Quesada
Una caravana de camiones cargados de hombres recorría el camino polvoriento que lleva de Jagüey Grande a Playa Girón. Era el batallón 120, integrado por milicianos de Marianao, La Lisa, Bauta y Guanajay. Transcurría el día 18 de abril de 1961.
Trabajadores, humildes padres de familia, descubrieron su corazón de soldado que despertó al estruendo de los criminales bombardeos mercenarios.
Así comienza la historia que me contó Luis Calderín Corrales, un textilero sencillo, uno de los integrantes de aquella caravana hacia la muerte o la victoria.
“Fue un viaje desesperante, los aviones mercenarios nos lanzaron varias veces sus ráfagas de ametralladoras. Teníamos que descender y buscar donde cubrirnos. Así transcurrió aquella marcha interminable. Cada vez que escuchábamos el ruido de un avión nos hacíamos la misma pregunta: ¿será de los nuestros o serán esos asesinos?
“Al fin llegamos al Central ‘Australia’, formamos un cerco, y al poco rato un avión enemigo que llevaba la insignia cubana nos bombardeaba. Los muchachos de la artillería antiaérea lo derribaron. Fue a caer cerca de mí, contra una mata de aguacate. Pensé que era mi último momento, podía sentir el calor de las llamas de aquel aparato cargado de bombas.
“Mientras corría, recordé las mujeres de mi vida, mis hijas pequeñas quedarían huérfanas; mi joven esposa, viuda; mi madre, inconsolable…
“Nada les faltaría, la Revolución les daría lo necesario, por eso estaba yo allí. Por suerte, la explosión no me alcanzó.
“Al amanecer del día 19, el batallón 120 se trasladó a la costa, oíamos los tiros y la metralla. Nos quedamos nueve días custodiando la playa, sin bañarnos, sin quitarnos las botas, casi sin comer, en pie de guerra.
“La verdad, nosotros no hicimos nada; no combatimos cuerpo a cuerpo con aquellos traidores, ni matamos ningún mercenario”.
A este hombre modesto le parecen pocas las veces que le vio a la muerte su feo rostro. Es un héroe que no sabe que es un héroe.
0 comentarios