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El Joven club de computación le enderezó el camino.

 

Por Leticia Guerra Quesada

Juan Miguel Martínez se había convertido en un dolor de cabeza para la familia, abandonó los estudios preuniversitarios y pasaba más tiempo en la calle que en la casa. Se  reunía con malas compañías y  comenzaba su vida por un camino torcido mientras su madre, con ojos húmedos, veía venir un desastre.

Por suerte para ellos una buena estrella, o mejor dicho, Ailín Suarez, la trabajadora social del barrio de Indaya, en La Lisa, lo llevó al Joven Club de Computación. Allí encontró la pasión de su vida. Pasó varios cursos y se hizo miembro del equipo de colaboradores voluntarios; participaba en proyectos científico-técnicos, programas sociales y ayudaba a los que comenzaban.

El muchacho encontró una segunda casa, ahora la madre decía con orgullo que solo le faltaba llevar la cama para el Club. ¡Pero ella feliz!

Los instructores de informática le convencieron de terminar los estudios preuniversitarios, velaron por su desarrollo académico como una buena familia y le apoyaron para que realizara los exámenes de ingreso para los estudios superiores.

Hoy, Juan Miguel es un joven universitario que estudia ingeniería, dice que en el Joven Club de computación de La Lisa le enderezaron el camino.

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